The article discusses how national narratives in countries with histories of slavery, such as the United States, Spain, and others, have faced resistance when incorporating the realities of their past involvement in slavery. It critiques efforts, particularly in the U.S., to promote a "patriotic education" that downplays systemic racism. While the U.S. has long included slavery and civil rights struggles in its education system, Spain has been slower to acknowledge its role in the transatlantic slave trade. The article highlights a new book, Cultural Legacies of Slavery in Modern Spain, which explores the lasting cultural, economic, and social impacts of slavery in Spain, arguing that denial and resistance still shape public memory and policy today.
La supuesta “grandeza” nacional a la que prometen reconducirnos los Trump y Abascal de turno se construyó sobre las espaldas de más de 15 millones de personas esclavizadas, muchos de cuyos descendientes aún sufren las consecuencias de aquel crimen. Estos son hechos incontrovertibles, lo que no significa que sean fáciles de encajar. Los intentos por incluirlos en los relatos sobre el pasado nacional en países como Estados Unidos, Países Bajos, Gran Bretaña o Francia –iniciativas muchas veces impulsadas por colectivos marginados– se han topado con una resistencia casi neurótica.
Sirva como botón de muestra uno de los cientos de decretos que firmó el presidente norteamericano en sus primeras semanas de gobierno, que prohíbe la “indoctrinación” de los alumnos con “ideologías antiamericanas” como la idea de que Estados Unidos “es fundamentalmente racista”. En su lugar, exige una “educación patriótica” que presente un relato histórico del país que sea, al mismo tiempo, “correcto, honesto”, “unificador e inspirador” y “la constatación de cómo Estados Unidos, a lo largo de su historia, se ha acercado admirablemente a sus nobles principios”.
El decreto de Trump llega tarde. Hace muchas décadas que las y los alumnos norteamericanos aprenden cada detalle sobre la esclavitud, la segregación racial y las luchas por los derechos civiles, al mismo tiempo que el país está lleno de monumentos y museos que cuentan ese relato –eso sí, en algunos lugares más que otros, ya que en el sistema norteamericano la mayor parte del contenido curricular es competencia estatal, hecho que el decreto de Trump parece obviar–.
Comparado con Estados Unidos y otros países con pasados esclavistas, en España los intentos por reescribir el relato nacional han sido más bien escasos y tardíos. Iniciativas no han faltado, pero la resistencia ha sido considerable –y no solo de la derecha–. A muchos españoles aún les cuesta asumir el importante papel que tuvieron sus ciudadanos e instituciones en la trata y explotación de personas esclavizadas. Esto no quita que la esclavitud haya dejado profundas huellas culturales, económicas y sociales en la España moderna, como demuestran Aurélie Vialette y Akiko Tsuchiya en Cultural Legacies of Slavery in Modern Spain (2025) (Los legados culturales de la esclavitud en la España moderna), un nuevo libro colectivo que combina análisis de casos históricos con entrevistas a activistas y artistas contemporáneos. (Se espera que Icaria publique la traducción al castellano el próximo otoño.)
De los ensayos en la colección, el siglo XIX surge como periodo clave. A pesar de los decretos de abolición de la trata, escriben Vialette y Tsuchiya, “fue un periodo en que floreció el comercio (ilegal) de esclavos, sobre todo a Cuba”. A día de hoy, sin embargo, “ni el Estado español ni los gobiernos autonómicos han asumido plenamente el papel que tuvo la esclavitud” en términos culturales o económicos. Esta actitud negacionista no solo se manifiesta en “una falta de programas de memoria” o “la presencia continuada de monumentos que conmemoran a figuras conectadas con la esclavitud y el colonialismo”, sino también en la persistencia de actitudes racistas.
Aurélie Vialette (Mantes-la-jolie, Francia, 1979) es profesora en la Universidad de Yale, y Akiko Tsuchiya (Tokio, 1959) en la Universidad de Washington, St. Louis. Hablan con CTXT a principios del mes de febrero.
¿A qué se debe el retraso de España en este tema?
Aurélie Vialette (AV): Sin duda tiene que ver con la peculiar historia española del siglo XX y su larga dictadura. El activismo de memoria en España del último cuarto de siglo se ha centrado en la Guerra Civil y el franquismo mucho más que en el tema colonial. También es relevante la postura ideológica de la derecha –sobre todo de PP y de Vox–, que insiste en defender la misión civilizadora del colonialismo español. Esta imagen positiva del pasado nacional casa difícilmente con la realidad histórica del papel español en la trata y explotación de personas esclavizadas.
Gran parte de la industrialización y el comercio que tanto orgullo nacional inspiran en Cataluña se lograron a costa de las personas esclavizadas en Cuba
Akiko Tsuchiya (AT): La historiadora Celeste Muñoz, a la que entrevistamos en el libro, conecta los dos temas del franquismo y el colonialismo al hablar de un “paradigma español de impunidad”. Para ella, España ha tenido una dificultad general a la hora de rendir cuentas con respecto a su pasado. Además, el orgullo y la nostalgia imperiales están muy arraigadas en la identidad colectiva –basta ver cómo se sigue celebrando el 12 de octubre, incluso con gobiernos socialistas–. Y aunque el Día de la Hispanidad no tiene mucho peso en Catalunya, allí la identidad colectiva está muy vinculada con una visión positiva de la modernidad y el progreso. Al final, es una perspectiva que también se niega a asumir que gran parte de la industrialización y el comercio que tanto orgullo nacional inspiran –y que financiaron la Renaixença– se lograron a costa de las personas esclavizadas en las plantaciones de Cuba.
AV: Lo mismo se puede decir de otros países de Europa, por supuesto, donde la colonización financió la industria y la cultura. La diferencia es que en esos otros países se ha dado más espacio a ese aspecto de la historia en la educación, los museos y los espacios públicos. Esto no quiere decir que el tema no sea problemático en otros lugares. En Francia, por ejemplo, se hace más bien poco.
En Estados Unidos la conciencia histórica es mayor.
AT: Claro, pero no hay que olvidar que Estados Unidos cuenta con una importante historia de activismo político de ciudadanos afrodescendientes. En España no hay ningún movimiento comparable con lo que fue Black Lives Matter en EEUU, que ha tenido un gran impacto político e institucional, incluso a nivel mundial. En España, la gran mayoría de los movimientos activistas son más locales. Suelen organizarlos comunidades diaspóricas que generalmente no han recibido apoyo ni del gobierno, ni del público en general, ni de la institución universitaria.
La inversión afectiva del nacionalismo español en un relato edulcorado de la historia colonial, ¿la ven ustedes como un legado franquista?
AV: Por supuesto. Al fin y al cabo, el franquismo fue una ideología imperialista que ensalzaba el colonialismo. Sin duda, ayuda a explicar la falta de política de la memoria sobre la esclavitud en la España actual.
Es llamativo que la Ley de Memoria Democrática no aborde para nada la cuestión colonial
AT: Pero no solo esto. Como ha explicado Iñaki Tofiño, también se trata de un punto ciego entre la izquierda española. Por ejemplo, es llamativo que la Ley de Memoria Democrática no aborde para nada la cuestión colonial. Ni se mencionan las víctimas del franquismo en las colonias africanas. La izquierda catalana también tiene puntos ciegos muy parecidos.
De hecho, en su introducción al libro mencionan el impacto que ha tenido en Catalunya el documental Negrers que emitió TV3 hace dos años. En el prólogo a la película, el narrador, Welelo Zamora, dice: “Catalunya ha sido víctima muchas veces. Pero también ha sido verdugo”. ¿Cuál creen que es la función de ese gesto retórico?
AV: Es una buena pregunta. A mí me parece importante que esa frase llegue al final del prólogo, después de que Zamora se presenta como músico, maestro, padre y negro, y después de que afirma que le interesa explicar esta historia no solo porque es negro y catalán, sino porque “ahora sabemos quiénes son y cómo se llamaban” los catalanes que a lo largo del siglo XIX llevaron a más de medio millón de africanos esclavizados a Cuba. Acto seguido, salen en pantalla las caras y los nombres de esos esclavistas. Solo entonces, después de este momento de denuncia, Zamora afirma que los catalanes no solo han sido víctimas sino también verdugos. Para mí, el mensaje queda muy claro: “Vosotros, catalanes, que os habéis acostumbrado a adoptar la retórica del victimismo, os voy a llamar a cuenta usando vuestros propios argumentos”. Así, Zamora plantea una pregunta muy poderosa: históricamente, ¿quién es la víctima aquí?
AT: Sirve para cuestionar la idea, bastante común, de que la relación entre España y Catalunya es análoga a la relación entre poder colonial y pueblo colonizado. Si el documental fue controvertido es porque demuestra que muchos catalanes fueron a Cuba a hacer las Américas en el mercado esclavista e invirtieron ese capital en la infraestructura económica y cultural de Cataluña. Es decir, sirve para recordar a los catalanes que, históricamente, ellos también jugaron un papel en la colonización y explotación de las personas racializadas y esclavizadas.
AV: Una infraestructura, por cierto, que se sigue capitalizando hoy mediante el turismo.
Ustedes señalan que estos temas generan “incomodidad” entre las élites políticas y académicas. ¿Cómo se manifiesta?
AT: En el silencio. Los políticos españoles, por ejemplo, se han negado de forma consistente a abordar el tema de las reparaciones. Por otra parte, el Parlamento catalán debatió en 2019 una propuesta sobre el tema. En Catalunya es también donde más actividad ha habido en torno a los monumentos –por ejemplo, durante los dos mandatos de Ada Colau en la alcaldía de Barcelona–cuando retiraron la estatua del negrero Antonio López y López. En el terreno educativo, un informe del Trans-Atlantic Racial Redress Network, coordinado por Oriol López y Celeste Muñoz señala que las únicas autonomías que han introducido materiales educativos relacionados con la esclavitud del colonialismo en la enseñanza obligatoria han sido Catalunya y Euskadi. Los intentos por descolonizar museos y otras instituciones culturales tampoco han recibido mucho apoyo.
La esclavitud no desapareció de un día para otro simplemente porque hubiera un decreto que la abolía
AV: Hay silenciamientos sutiles. Nosotras entrevistamos a Tania Safura Adam, la fundadora de Radio África, que nos contó que la nombraron comisaria de una exposición que al final no pudo realizar porque le imponían unos parámetros que no permitía que ella contara la historia que quería contar.
AT: Ocurre algo similar con las investigaciones académicas, que dependen de la financiación del Ministerio de Cultura.
Su libro demuestra que la vergüenza que genera el tema de la esclavitud no solo se manifiesta en silencios y negacionismos hoy. También hay ocultamiento de los propios archivos.
AV: Así es. Al estudiar el archivo de la Tabacalera y del comerciante Antonio López y López, me di cuenta del esfuerzo que se invirtió para ocultar cualquier conexión con la trata de personas esclavizadas. Tal es así que titulé mi trabajo “La cosmética del archivo”. La cuestión es ver las inconsistencias en el archivo, tener un conocimiento de la época y de las prácticas de la época. Como nos ha enseñado el historiador Michael Zeuske, la esclavitud no desapareció de un día para otro simplemente porque hubiera un decreto que la abolía. Las prácticas seguían por más ilegales que fueran. Por ejemplo, lo común es que haya inventarios detallados de todos los barcos que transportan mercancía, hasta que de repente hay constancia de un pago sin que se mencione qué es lo que se paga. Así también descubrí toda una trama de blanqueamiento del dinero ganado en la trata, que después se invirtió en una empresa tabacalera en Filipinas. El historiador Martín Rodrigo-Alharilla publicó en 2021 Un hombre, mil negocios. La controvertida historia de Antonio López, marqués de Comillas, un libro en el que deja claro que Antonio López y López era negrero. Su investigación era necesaria porque todavía hoy en día hay personas importantes del panorama político y cultural español que afirman que no hay pruebas de que López y López lo fuera.
La estatua de López y López la acabó quitando el ayuntamiento de Barcelona. La de Colón, sin embargo, sigue allí…
AT: Es el caso que yo estudio en el libro. Resulta que para muchos catalanes, incluso para algunos independentistas, Colón tiene asociaciones más bien positivas o neutras. Aunque sí hay grupos de activistas que salen a protestar en frente del monumento cada 12 de octubre.
Entiendo que el libro saldrá en castellano.
AV: Sí, la editorial Icaria lo sacará en la colección Esclavitudes dirigida por Martín Rodrigo y Alharilla, que es uno de los historiadores que más trabajo de investigación y difusión ha hecho en torno al tema y que colabora en nuestro volumen.
AT: También estamos trabajando en una web interactiva con un mapa de la Península Ibérica que conecte con una base de datos y cronología detallada que permitirá explorar los lugares de memoria asociados con la trata y explotación de personas esclavizadas, incluidos todos los monumentos que aún existen –y los que se han ido quitando– y las controversias en torno a ellos. E incluiremos en la página web enlaces a los archivos con documentos históricos relacionados con la esclavitud, además de un blog de noticias y de podcasts sobre nuestro tema.